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Juan José Nieto y el olvidado Ethos No Violento de la gente Colombiana

Artículo publicado originalmente en el portal Hagamoslapaz.co el 24 de Junio de 2014

Actualizado: Febrero de 2021
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Pintura del presidente nieto 1863. Intervenida en París, 1976 y blanqueada, quedando los rasgos afrocolombianos.

Ethos, palabra de origen griego, significa forma de ser, de habitar, de relacionarse de un grupo social o un pueblo. Juan José Nieto Gil (Cibarco, Atlántico 24 de Junio de 1805- Cartagena, 16 de Julio de 1866) es una de las figuras públicas que más encarnó el pacifismo de la gente costeña y colombiana en el siglo XIX, en parte como un testimonio de las aspiraciones de movilidad social de los grupos subordinados de ese y otros tiempos. Por otro lado, Nieto representa un testimonio de lucha en contra de las formas en que la violencia, como medio de respuesta a fines e intereses contrapuestos, ha sido impuesta por los grupos dominantes, basados en una carga desproporcionada en contra de otros grupos sociales como los afros, campesinos, indígenas, de los que éste maravilloso personaje provino, razón por la que en triste consecuencia histórica ha sido menospreciado y casi olvidado.

Algunos artículos académicos y periodísticos dan cuenta de la figura de Nieto pero ninguno le hace justicia como Orlando Fals Borda en su Historia Doble de la Costa, dedicándole por completo el segundo tomo de esta obra. Entre los hechos comúnmente relatados sobre la vida de este mulato se cuenta que nació al pie de un árbol de matarratón en el caserío de Cibarco, entre Baranoa y Tubará, hijo de una zamba y un español, que siendo autodidacta aprendió a leer por su cuenta y llegó a escribir al menos tres novelas, una obra de teatro y libros de geografía e historia que en su mayoría desaparecieron.

Se integró a la milicia, ejerció la política liberal y también se hizo masón. En su empeño por participar, un hombre mulato como él en la época que vivió, dominada por formas señoriales y esclavistas disimuladas en la transición al capitalismo incipiente, sólo pudo participar de la vida política del país a través de su vinculación con los ejércitos provinciales, que a partir de la independencia se enfrentaron en múltiples odiseas por definir un modelo político y económico que rigiera la Nación. Los golpes de Estado en 1848, 1854, 1859 lo motivaron a levantarse con estos movimientos de artesanos, libertos, entre otros liberales, con quienes compartió las celdas en la derrota.

Después, como aliado liberal de Tomás Cipriano de Mosquera se lanzó contra un general conservador llamado Caruja. Como gobernante del Estado de Bolívar se declaró presidente de la república por un periodo de seis meses para luego entregar, sin un asomo de embriaguéz por el poder, la insignia a Mosquera. Esta actitud que bien valdría al menos una mención, fue “olvidada” por la Historio oficial1, en cambio, el óleo que trazaba su rostro en el único cuadro que rememora su paso por el primer cargo de la Nación  fue “blanqueado” en una restauración encargada por la academia de Historia de Cartagena, para finalmente ser retirado a un rincón polvoriento, de donde lo rescató Fals en su ejercicio de reconcimiento de los pasos del presidente fugaz.

Pero entonces, ¿Cómo un caudillo regional, tipo particular de autoritarismo propio de las sociedades latinoamericanas del Siglo XIX y protagonistas de las guerras civiles en nuestro país es retratado aquí como un símbolo de no violencia, cuando es evidente que empuñó las armas, fue reconocido como un valiente guerrero y debió asesinar a más de un hombre por sus manos? ¿Además cómo homenajearle si como personaje histórico pueden tachársele algunos comportamientos que no dan cuenta precisamente de una persona éticamente infalible?

Pues bien, si es cierto que fue un hombre acorde al pensamiento de su época, y con múltiples errores en su historia de vida. A pesar de ello, lo que tiene para ser considerado un abanderado de la democracia y el desprecio por la eliminación de sus semejantes, incluso, representante de la lógica civilista y el antimilitarismo, son las decisiones que tomó en múltiples oportunidades ante la ambición del poder, o peor aún, ante el riesgo de perder el estatus ganado con una sola muestra de supuesta debilidad, en medio de una época que respiraba el ímpetu y la carga para los hombres de demostrar todo lo contrario.

En primer lugar, Nieto fue un caudillo anti-caudillo. Es decir, a diferencia de otros como Mariano Ospina Rodríguez (conservador) o Tomás Cipriano de Mosquera (liberal) y tantos otros de su época, él siempre que pudo, al término de una confrontación tomó medidas de racionalización del uso de la fuerza como la disminución de los ejércitos que lo habían acompañado.  Liberó varias veces con indulto a los presos políticos que había hecho cautivos durante las batallas, buscó reducir el presupuesto otorgado al sostenimiento de la milicia y en cambio redirigir esos recursos al sector educativo.

La tolerancia que tuvo frente a sus opositores, como dice Fals Borda, “a pesar de ser militar daba la sensación de querer evitar hechos de sangre; en el fondo no era violento”, para sorpresa de él mismo y el grupo de coinvestigadores populares que lo acompañaba en el ejercicio de la Investigación Acción Participativa, quienes se encontraron con  un personaje muy distinto a aquél hombre recio, bravo, indiferente que buscaban encontrar al principio de su investigación.

En segundo lugar se apegó al pensamiento liberal y a un “romanticismo humanitarista” que había permeado desde Europa a algunos de  los círculos polítcos de América Latina. Además, de la mano de la masonería, se identificó con las tendencias civilistas, marcando diferencia con los caudillos populares de otros países latinoamericanos que constituyen cierto origen histórico de la violencia estatal que acompañó a toda América Latina a través de las dictaduras militares estremecieron a la región durante el siglo XX.

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Estado actual de la Logia “Luz del Carmen No. 21” Fundada con apoyo de Nieto. Carmen de Bolívar (Bolívar). Fotografía: Luis M. Sánchez (2014)

El acto cúlmine de una demostración de ese ethos no violento, típico de la cultura anfibia costeña de la cual daremos algunas pinceladas para finalizar, fue la renuncia a la presidencia del Estado de Bolívar el 11 de diciembre de 1864, entregando esa posición a su opositor Manuel Gonzalez Carazo. La dicha trampa se origió en la confabulación que cocinaran entre este último y Ramón Santodomingo Vila (tabacalero sefardita antecesor del actual grupo económico colombiano). Resulta que en esa oportunidad, buscando la estabilización de las provincias del Estado luego de la guerra civil terminada dos años atrás, los grupos conservadores que permanecían activos iniciaron una guerra de guerrillas en contra del gobierno, decidiendo comenzarla con una insurrección en Cartagena asesinando a machete al mayor Sebastián Elguedo, uno de los más fieles amigos y compañeros de Nieto.

Con esta rebelión, Nieto, quien en un principio había tolerado la conformación de este movimiento en su contra, movilizó sus tropas en respuesta a los ataques de los grupos armados que se conformaron en una serie de escaramuzas que ya habían dejado un número representativo de muertes en pueblos cercanos. Al verse ante el dilema entre dar la orden a sus tropas y provocar una masacre en Cartagena o perder todo prestigio ante la derrota, decidió dejar el poder y retirarse aún con el riesgo de ser asesinado por sus oponentes con su renuncia.

Efectivamente su decisión tuvo consecuencias sobre su prestigio y estabilidad económica, valiéndole el descenso. Finalmente murió pobre y en casa alquilada, quedando dormido como figura histórica con valor ético y étnico para estos tiempos en que el país ansía la reconciliación, permaneciendo en el olvido por más de un siglo y sin aparecer en los registros oficiales de presidentes de Colombia.

¿Por qué y para qué pensarnos a Juan José Nieto?

Es esta la oportunidad de reivindicar no sólo una figura pública sino al grupo social que representó, pues como lo documentan Historiadores y las gentes de estas provincias, entre las tropas se movilizaban familias enteras que eran forzadas por los grupos dominantes a marchar en las múltiples guerras civiles que se inventaban. A las mujeres y sus hijos se les conoce como “Juanas o Vivanderas”, eran las mujeres de la guerra, que sostenían a los ejércitos, cargaban sus pertrechos y armas, curaban a los heridos, y en no pocas ocasiones,  hacían las veces de retaguardia con lo que tuvieran a la mano. El ethos no violento se refleja en la figura mítica del “hombre hicotea”, ese ser anfibio, que resiste a las oleadas de la violencia y es menospreciado aún hoy por las gentes urbanas que representan a la industriosida, la productividad, la racionalidad del lucro,  como “vagos” o “dejaos”.

Entonces aquí nos enfrentamos todavía a la más grande de las batallas: la simbólica; que se halla en la intimidad de los grupos y pueblos. Aparece constantemente en las formas de organización y comunicación comunitaria, en las luchas contra los mecanismos de corrupción y disolución de los movimientos sociales,  en las  plataformas de cooperativismo agrario, las parcelaciones, las luchas agrarias por la tierra, en los movimientos estudiantiles que reman contracorriente hacia la estigmatización caótica del consenso del mundo adulto y conforme.

Una de las formas más cruentas de ese fenómeno ha sido la imposición de las violencias, especialmente de la violencia política. En Colombia, sin necesidad de referirse a la violencia del régimen colonial -que estuvo asociado a formas históricas particulares de dominación que requerirían esfuerzos historiográficos adicionales a las pretensiones de este escrito-, se puede identificar en el periodo de independencias y consolidación temprana de las repúblicas, cómo el fenómeno del caudillismo y el gamonalismo sirvió como mecanismo de las élites nacientes para vincular a los trabajadores rurales, aparceros, arrendatarios y otros grupos de campesinos sin tierra a las diversas guerras civiles provocadas por las luchas territoriales e ideológicas de los agentes en posición dominante. Entre ellos, quienes resultaron mayormente reclutados fueron los negros, dada la hipócrita abolición oficial de la esclavitud en 1851. Por la vía de las armas por causas ajenas debieron ganarse su libertad con la participación en las cruentas guerras civiles con las cuales no se identificaban. De nuevo, Orlando Fals Borda ofrece una radiografía de lo vivido en este periodo del siglo XIX en Colombia, a través de los testimonios de los participantes en estos conflictos bélicos, que luchaban en adhesión a un terrateniente-general por motivos de supervivencia. Ha sido documentado en otros trabajos, cómo los integrantes de una misma familia debieron combatir en ejércitos enemigos, dependiendo del gamonal que fuera su patrón.

“Miren ustedes, los pobres somos los que más sufrimos con estas guerras, siempre vamos a pie, cargando nuestras cosas y generalmente contra nuestra voluntad. Casi nunca nos explican por qué peleamos y cuando nos vemos es amarrados y con el chopo al hombro. Nos arengan eso si, sobre la patria y el honor; pero nos quedamos dudosos porque también existe la patria chica, que es la gente y la región de cada uno, donde se levanta con los demás muchachos aprendiendo del uno y del otro lo bueno y lo malo, y donde por primera vez una mujer se acuesta con uno y le enseña a ser hombre. Por esa patria sí puede uno pelear con gusto y sacrificio. Pero esos sentimientos, de verdad, no parecían importarle a los políticos y menos a los militares que parecían tener otras preocupaciones y otros intereses (….).”

1 GUILLÉN, Gonzalo. Colombia borró de la Historia a su único presidente negro. El Nuevo Herald. Diciembre 11 de 2008. En: http://www.elnuevoherald.com/2008/11/11/320278/colombia-borro-de-la-historia.htmlConsultado Junio de 2014.